26 octubre, 2014

30º domingo t.o.

Lect.: Exodo 22,20-26; I Tesalonicenses 1,5c-10; Mateo 22,34-40

  1. “¿De quién es esta imagen?" preguntaba Jesús a los herodianos que le mostraban la moneda con la efigie del César. Pero, a todos los piadosos que lo escuchaban, la pregunta de Jesús evocaba el relato del Génesis que habla del ser humano como imagen de Dios. Y, como decíamos el domingo pasado,  Jesús así estaba, saliéndose de la trampa de sus adversarios y, al mismo tiempo, saltando de los niveles económico y político en los que ellos se movían, a un nivel superior y prioritario de la vida, un nivel que  da sentido a los demás niveles, el de la identidad divina de los seres humanos e incluso el del carácter sagrado de toda la creación. 
  2. Con ese recordatorio ya anticipaba Jesús la respuesta a la pregunta con que los saduceos lo ponen a prueba. Porque, si cada ser humano es imagen de Dios, entonces, por encima de todos los mandamientos, la actitud fundamental que se nos exige es la de honrar, valorar, amar, al Dios manifestado de manera única en cada una de sus imágenes,
  3. Con cuánta frecuencia, sobre todo entre los católicos, queremos expresar nuestro respeto y nuestro amor a Dios colocando cuadros, pinturas, pequeñas estatuas en nuestras casas, o llevando en nosotros mismos, una medalla, o una estampita, con las que queremos representarnos a la Stma. Trinidad, o a Jesús, hijo de Dios, o a algún santo o santa de nuestra devoción.  Casi no hay domingo que no se acerque a la sacristía alguna persona, pidiéndome que le bendiga una imagen, a la que, sin duda, luego le rendirá veneración, y que besará con cariño.  Con todo este cap 22 de Mt., sobre todo con la afirmación de hoy sobre el mandamiento más grande, podemos entender mejor por qué el evangelio nos coloca el amor a los demás como  el mandamiento supremo.  Es el fruto del reconocimiento de la presencia de Dios, ya no en imágenes de papel, metal o cerámica,  sino en quienes salieron de las manos del Creador como imágenes suyas y que por eso lo hacen presente de manera especial en el mundo. 
  4. Reconocer esa realidad nos cambia nuestra manera de entender nuestra relación con Dios y con todos nuestros semejantes: No hay relación con Dios que no pase por la relación con nuestro prójimo. Como lo decía Juan, si no amamos al prójimo a quien vemos, no podemos amar a Dios a quien no vemos. Y el mismo Juan, afirmaba que a Dios nadie lo ha visto jamás, pero que, manifestado en Jesús, hemos aprendido a reconocer que Dios se manifiesta en la naturaleza humana. 
  5. Hacer de esto el eje de nuestra vida, no es tarea fácil. No es fácil traducir ese amor en todas las actividades ordinarias de nuestra vida: en las relaciones de educación de los hijos, en las laborales, en las políticas y económicas. El amor es como el aliento que debe tener cada una de nuestras acciones, cuando satisfacemos nuestras necesidades de alimento o de sexo,  cuando criticamos o cuando alabamos,  cuando aprendemos o cuando enseñamos, cuando trabajamos o descansamos, cuando nos divertimos o cuando sufrimos, cuando ejercemos la autoridad, cuando tenemos que practicar la obediencia,    Es tan compleja la vida humana que para vivir y actuar con amor, quizás la clave sea, más que  tratar de aprender técnicas, dejarnos enseñar por ese mismo Espíritu de Dios que habita en nosotros. Solo se nos pide que nos abramos con desapego y honestidad. El nos irá conformando con quien realizó de la manera más perfecta la imagen de Dios en su vida, Jesús de Nazaret.Ω

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