27 julio, 2014

17º domingo t.o.

Lect.: I Reg 3: 5.7-12; Rom 8:28-30; Mt13: 44-52

  1. Hay una expresión, muy usada en la sociedad estadounidense, que a mí siempre me ha preocupado, tanto más cuanto ya se coló en ciertos ambientes de nuestro país. En una de sus formas esa expresión afirma que “en la vida siempre hay ganadores y perdedores". De ahí derivan diversas frases, algunas de ellas, francamente ofensivas, pero que, a pesar de eso, vemos repetidas en programas de TV dirigidos, sobre todo a los jóvenes. Por ejemplo, cuando llaman a alguien "born loser" un perdedor de nacimiento" y por eso, dicen por ejemplo, no tiene éxito con las chicas. Buscando en internet sobre el origen de esa falsa clasificación de los seres humanos, me sorprendió encontrar, más bien, un buen número de sitios, blogs y páginas que dan por supuesto que el mundo es así e incluso coleccionan lo que llaman "frases que dicen los ganadores" y "frases que dicen los perdedores".
  2. Este tipo de mentalidad y de lenguaje puede afectar, y creo que de hecho afecta, a personas—que somos todos—,  con cierto grado de timidez e inseguridad por un lado, y por otro, a quienes, por su origen en un ambiente bien posicionado socio económicamente, pecan de autosuficiencia y sentimientos de superioridad respecto a los demás. Es un tipo de mentalidad, pienso, sumamente dañino, destructor, que puede incidir a la hora de buscar empleo, o cuando se quiere elegir carrera o desarrollarse en una práctica deportiva como el fútbol, o simplemente en el campo de las relaciones humanas. Unos muy tímidos, muy inseguros y otros, por el contrario, muy creídos, muy autosuficientes, muy pedantes, pero,en el fondo, con esas posiciones todos padecemos de un mismo fallo: no conocernos bien a nosotros mismos, y desconocer cómo vivir con las potencialidades y las limitaciones que normalmente todos tenemos.
  3. En todas las grandes tradiciones espirituales, e incluso en bien fundamentadas filosofías, es clave la advertencia de conocerse a sí mismo. Clave, pero no fácil, por lo que hay trabajarse y esforzarse en esta meta. Hay muchos obstáculos para lograr este autoconocimiento sobre todo en una sociedad como la nuestra tan competitiva, tan fragmentada y tan obsesionada con posesionarse y posicionarse. Posesionarse en el sentido de apropiarse de bienes, riquezas, recursos naturales, a como haya lugar. Y posicionarse en el sentido de trepar por encima de los demás a puestos de privilegio.
  4. Con todas las grandes tradiciones espirituales, el mensaje evangélico considera que el gran tesoro, la gran perla que alguien puede hallar, como lo hablan las dos parábolas de Mateo, es el descubrimiento del reino de Dios, que está en medio de nosotros, es decir, el encuentro de Dios en uno mismo. No afuera, en un cielo distante. Salomón, en la 1ª lectura, le pedía a Dios, no riquezas, ni larga vida, ni doblegar a sus enemigos, sino discernimiento, conocimiento, sabiduría. Pablo, en su carta, de manera clara expresaba lo que fue su gran descubrimiento y quiere que sea también el gran descubrimiento para cada uno de nosotros: descubrir lo que realmente somos. Ni ganadores, ni perdedores. Ni fracasados, ni exitosos de nacimiento. Somos, dice Pablo, predestinados a ser imagen de su hijo, Jesús que es el primero de toda una multitud de hermanos. Cada uno,imagen de su hijo. ¿qué quiere decir? Recordamos lo que dice el evangelio de Juan, que el Hijo es una sola cosa con el Padre. Predestinados, pues, cada uno a ser una sola cosa con Dios. Ni perdedores, ni ganadores, somos partícipes de la misma vida divina que nos hace inagotables generadores, creadores con el  Creador de una vida feliz, fecunda, plena y compartida con todos.Ω

No hay comentarios.:

Publicar un comentario