20 julio, 2014

16º domingo t.o.

Lect.:  : Sabiduría 12,13.16-19; Rom 8,26-27;  Mt 13,24-43

  1. Hoy hace ocho días la parábola del sembrador nos dejaba varias enseñanza, sencillas, pero esenciales: primera, la idea de que Dios ha dejado llena nuestra vida y todo nuestro entorno colmado de semillas de vida; segunda, que todas esas semillas, esas fuentes de vida, nos interconectan, nos establecen en una sola y gran comunión con todos los demás y con toda la creación; y finalmente, se nos recalcaba que la obra creadora de Dios no ha concluido, no está acabada, sino que la fuerza del Espíritu la continúa por medio de nosotros mismos.
  2. Hoy, en el mismo capítulo 13 de Mateo, se nos recalca esa idea de crecimiento. Es, sobre todo  la figura del grano de mostaza y la de la levadura en la masa,  pero también la de la siembra del trigo, las que nos recalcan la ley del crecimiento, del desarrollo, de la evolución como ley de vida del planeta, de la naturaleza, de los seres humanos, y también como principio de la vida espiritual. Quedarse estancado, pensar en que la voluntad de Dios nos condena a mantener costumbres o leyes antiguas, creer que Dios todo lo dejó hecho y definido al principio de los tiempos; renunciar la búsqueda de metas superiores, quedarse satisfecho solo con los logros alcanzados,  sin soñar más, equivale a no aceptar nuestra vocación de partícipes en la obra creadora de Dios.
  3. Pero la parábola del trigo y la cizaña nos introduce, además, una dimensión de nuestra vida, importante para reflexionar. En nuestro camino de crecimiento, en la dinámica de la vida, siempre vamos a encontrar cizaña y trigo, luces y sombras, grandes aspiraciones junto con actitudes mezquinas y egoístas.  Es una parábola de gran riqueza que da lugar a varios temas e interrogantes pero que solo podemos ahora fijarnos en el principal, dejando otros para otros momentos. Ese interrogante principal es que más desconcierta a los oyentes de Jesús. ¿Por qué dejar convivir el trigo y la cizaña siendo así que la experiencia agrícola nos dice que las malas hierbas pueden ahogar las plantas deseadas? Jesús adelanta una respuesta parcial que nos dice que los seres humanos vemos mal y somos malos jueces, incluso de nosotros mismos, como para distinguir claramente el trigo de la cizaña. Son muchos los factores que nos ciegan. Con nosotros mismos, complejos, insuficiente aprecio  de nuestras cualidades, desconocimiento de lo que realmente somos y valemos, y con respecto a los demás, prejuicios, antipatías, que nos llevan a apresurados juicios negativos, sobre todo, para etiquetar a los otros. Y, a menudo, nuestra incapacidad de aceptarnos a nosotros mismos se refleja en nuestra crítica a los demás. (Ver la referencia a entrevista de Mons. fray Raúl Vera, Obispo de Saltillo (Mx), al que le preguntan sobre los que dicen que la homosexualidad es una enfermedad. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/07/13/actualidad/1405281179_927346.html).
  4. Pero esa respuesta de Jesús no pretende dar por cerrada la reflexión. La riqueza del evangelio siempre nos hace profundizar en sus enseñanzas. Por hoy, agreguemos solo un detalle más. Un gran estudioso del ser humano, de nuestra psicología, Carl Jung, dijo lo siguiente:  «No hay luz sin sombra ni totalidad psíquica exenta de imperfecciones... La vida no exige que seamos perfectos sino completos; y para ello, se necesita la "espina en la carne", el sufrimiento de defectos sin los cuales no hay progreso ni ascenso»
  5. La parábola del trigo y la cizaña nos enseña a aceptar nuestra condición humana y a entender nuestras propias limitaciones como parte de lo que somos, no como auto alcahuetería, sino como motor de superación.Ω

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