29 diciembre, 2013

Domingo posterior a la Navidad Fiesta de la Sagrada Familia

Lect.:  Ecleso 3,2-6.12-14,   Col 3,12-21;  Mt 2,13-15.19-23

  1. Para hablar de la vida familiar de Jesús tenemos que recordar dos  cosas de las que ya hemos hablado en otras ocasiones. Primero, que la familia en la Palestina de tiempos de Jesús no se parecía en nada a la estructura de la familia molecular actual. José y María vivían en lo que podemos llamar un clan, un conjunto de familias emparentadas por su vínculo a un patriarca común. Es al clan de José adonde él lleva a María cuando el evangelista dice que conforme se lo indica el ángel, la debe aceptar en su casa. En ese ambiente, de una familia ampliada, rodeado de tías, primos, hermanos, junto con sus padres, es donde crece y se educa Jesús. Pero los detalles de esa vida familiar no nos los brindan los relatos de los evangelios de la infancia, por la sencilla razón de que los relatos de la infancia de Jesús no son crónicas de hechos, sino que están marcados por la intención teológica de expresar lo que las primeras comunidades descubrieron en el Jesús adulto al que vieron como el nuevo Moisés, el nuevo Elías, el liberador del pueblo.
  2. Pero si no es posible conocer detalles de la vida familiar del pequeño Jesús, sí podemos, en cambio, conocer los grandes rasgos de aquellas familias de Nazaret. Destaquemos dos: cada una aportó a los hijos una vinculación con las grandes figuras inspiradoras de su historia. Y cada una aportó elementos para enfrentar los retos de una sociedad sacudida por enormes problemas políticos, económicos y militares. Es de ese ambiente, en el que crece Jesús, y de los aportes que recibe de sus padres, de su familia ampliada y del entorno social, que Jesús va forjando su vocación profética de servicio al reino.
  3. Las parejas hoy, en un país como el nuestro, enfrentan una sociedad muy compleja, muy distinta de la Palestina de entonces.  Sería ingenuo pensar que las parejas cristianas estén simplemente llamadas a imitar ese tipo de vida familiar tan distinta, como la que le tocó vivir a Jesús. Sería ingenuo e irrealizable. Nuestra sociedad es cada vez más pluralista, más diversa, con transformaciones en lo cultural, en lo tecnológico, en lo moral. La propia estructura familiar se ha diversificado afectada por todos esos cambios. ¿Cómo vivir la vida familiar cuando el padre ha hecho abandono del hogar y es la madre la que tiene que trabajar y criar a los hijos? ¿O cuando se trata de un hogar de madre soltera? ¿O cómo brindar una socialización adecuada a los hijos cuando estos provienen de diversos matrimonios? ¿O cuando ambos cónyuges tienen que trabajar? ¿o hijos divorciados o sin empleo vuelven a vivir en la casa? Añadamos a esto los retos que presenta la presencia creciente de personas de tercera edad que requieren cariño y cuidado familiar. La lista de preguntas sobre cómo hacer es larga y no hay respuestas mágicas, no hay un solo modelo y práctica de familia revelada por Dios para todos los tiempos. 
  4. Una actitud cristiana madura adulta, no patalea contra la realidad nueva que nos toca vivir, ni se pasa quejándose  de ella y soñando con una sociedad y formas de vida familiar de otras épocas. Lo adulto, lo maduro es confiar en la presencia del Espíritu en cada pareja y en la fecundidad inspiradora de la palabra de Jesús. Esta es nuestra fuerza para ser creativos y construir nuevas formas de familias para tiempos nuevos. Esta es la creatividad que puede perfectamente fomentarse y apoyarse en la comunidad de la iglesia cuando ella se comporta no como jueza implacable sino como si fuera una familia amplia para todos.Ω

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