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17º domingo t.o.


Lect.: II Reyes 4,42-44, Ef 4,1-6, Jn 6,1-15

  1. Por distraídos que estemos en misa, nos sorprenderá que, de repente, sin ninguna fiesta especial de por medio que lo justifique, se interrumpa la lectura continua del evangelio de Marcos —tan concreto y aterrizado en el seguimiento de la vida de Jesús— y se sustituya por un texto de Juan, —que no deja de ser complicado, con símbolos no fáciles y distantes culturalmente. Más sorprende que este remplazo se haga durante cinco domingos seguidos. Si queremos preguntar la razón a liturgistas, —al menos, vía internet— no encontraremos más que dos aparentes razones no muy convincentes: que el evangelio de Marcos es muy corto y no da para “rellenar” cuatro o cinco domingos del ciclo ordinario de este año; y que a veces se recurre a otro evangelio cuando hay que explicar o ahondar “un poco más en un tema”, —como si cada evangelista no hubiera tenido su propósito propio y de su comunidad, al escribir lo que escribió y como lo escribió.
  2. Uno podría sospechar, más bien, que a los liturgistas romanos les interesaba insistir durante cinco semanas en el “milagro” —Juan dice “signo”— de la multiplicación de los panes y el discurso que se le relaciona, para conectarlo con la práctica eucarística. Sea como sea, estos 71 versículos del capítulo 6 de Juan aportan elementos para encuadrar la celebración eucarística en una realidad como la que se vive hoy internacionalmente. Mejor que una “razón litúrgica” está la exigencia de la vida real: ¿qué sentido tiene hablar de “multiplicación de panes” a sociedades, como la costarricense donde la desigualdad sigue creciendo? ¿o en sociedades como la española donde uno de cada cuatro trabajadores activos está desempleado? ¿o, en general, a una economía minada por la especulación financiera e incapaz de crecer en la producción de bienes y servicios reales que lleguen a todos?
  3. No es cuestión de introducir economía y política en la predicación, sino de no excluir la celebración central de las comunidades cristianas del contexto en que están inevitablemente insertas. Y de no “jugar” con signos y símbolos religiosos, espirituales que pueden resultar hirientes, por contraste, con situaciones de extrema necesidad que afectan hoy a grandes mayorías. En este primero de los cinco domingos que introducen el tema de los panes, hay un primer mensaje que puede resumirse así: el pan se presenta como símbolo del don de la vida, junto a otros pasajes joánicos, donde ofrece a la samaritana el agua, y a los invitados a  las bodas de Caná, el agua y el vino como don de vida. El regaño a aquellos que siguen a Jesús, solo por interés material, no contradice que todo el signo y el discurso quieren subrayar que la vida que Jesús ofrece es la vida plena que incluye y trasciende la dimensión corporal, y la dimensión  religiosa. Como lo señalan comentaristas, “limitarse a eso sería quedarse en la superficie del texto: el «hacer» de Jesús no se detendrá en el prodigio, sino que incluye el signo contenido en el milagro: para que la multitud tenga vida, Jesús dará mucho más que unos panes maravillosos, no sólo las palabras que ha oído del Padre, sino su propia persona a través de la muerte”.
  4. Y pareciera que de eso se trata el releer la celebración eucarística en esta época de crisis financiera, económica, política y ecológica. De preguntarnos  a los cristianos si cada vez que “partimos el pan” “en memoria suya”, estamos dispuestos al don de nosotros mismos para contribuir a reconstruir una sociedad en la que no unos pocos, sino “toda la muchedumbre” alcance esa plenitud de vida prefigurada en este signo.Ω

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