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4º domingo t.o.


Lect.:  Dt 18:15-20; 1 Cor 7:32-35; Mc 4:21-30

  1. 1.    Dos amigos acaban de morir de cáncer en estos últimos días. Uno de ellos, después de batallar algo más de un año con un tumor en el cerebro, le decía, en diferentes momentos, a los que lo rodeaban:  “El tiempo de la enfermedad ha sido una escuela donde hemos ido aprendiendo las últimas lecciones de la vida.”; “No tengo pena por lo que no he hecho. Otros lo harán.” “En la enfermedad soy consciente de que el Señor me acompaña, aunque con mucho silencio. Sé que Él está ahí. Así que vosotros tranquilos, tranquilos…” Admirable, ¿verdad?, Esto es hablar con autoridad. No se dice esto si no sale desde muy adentro., desde esa experiencia humana profunda, donde uno se encuentra con Dios. Dice hoy Mc que Jesús enseñaba con autoridad y no como los letrados. No se trata de decir con esto que no tienen valor los libros, o lo que se aprende en la escuela. Lo que se quiere decir es que en las cosas trascendentes para la propia vida, Jesús hablaba desde su experiencia humana profunda, en la que encontraba la presencia de Dios. Por eso decíamos que la buena noticia es una invitación a zambullirnos en lo humano para identificarnos con Jesús en su experiencia de Dios.
  2. 2.    Quizás algunos de Uds.  Se habrán quedado pensando, ¿Y cómo se zambulle uno en lo humano? ¿Dónde queda esa piscina? Es una manera de hablar, por supuesto, para expresar la necesidad de aceptar lo que somos integralmente: material y psicológico, carne  y espíritu, fortalezas y debilidades... Zambullirse en lo humano nuestro es, en primer lugar, aceptar esa realidad que somos, esa criatura que somos, con todo el amor y confianza por algo que salió de las propias manos de Dios y en ellas permanece. Aceptarlo sin nerviosismos, sin lamentaciones, con la seguridad de que si esa naturaleza humana fue asumida por el mismo hijo de Dios, con eso se nos quiere decir que es ahí donde encontramos nuestra participación divina.
  3. 3.    Pero parte de nuestra debilidad es que dentro de nosotros mismos se pueden encontrar cosas que nos distraen de lo que somos, e incluso cosas que destruyen nuestra calidad humana. Nuestra mayor debilidad, quizás, es el estar divididos, fragmentados interiormente. Con frecuencia, al querer vivir lo humano intensamente nos surgen obstáculos: actitudes de apego, de egocentrismo, afanes de no perder seguridades, ... Esos obstáculos son los que la gente de la época de Jesús llamada "demonios", son fuerzas o poderes nuestros que debemos ordenar y subordinar para que no se constituyan en lo central en nosotros. Están también dentro de nosotros pero, no son nuestro verdadero centro, lo que nos constituye de forma más auténtica, ahí donde nos habla Dios.
  4. 4.    Vivir y hablar desde la experiencia de  ese centro de nosotros mismos es lo que hacía que Jesús hablara con autoridad. Cuando nos escuchamos a nosotros mismos con sinceridad y transparencia también podemos descubrir la presencia de ese maestro interior que desde dentro nos habla con autoridad y podemos discernir voz. Aprender a afinar nuestro oído para captarlo es un proceso de aprendizaje, que vamos realizando comunitariamente, que tendrá que pasar incluso por enfermedad y sufrimiento. Pero el primer paso, que sin duda podemos dar ya, es caer en la cuenta que Él está ahí, que ese maestro interior que es Dios nos habla desde el centro de nuestra humanidad.Ω

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