20 abril, 2008

4o domingo de Pascua

4º domingo de Pascua, 13 abr. 08
Lect.: Hech 2 14 a; 36 – 41; 1 Pedr 2: 20b – 25; Jn 10: 1 – 10


1. Cada año celebramos la Pascua y reafirmamos nuestra fe en que se inaugura una vida nueva para nosotros. Pero el entusiasmo con que lo decimos no elimina una realidad de problemas, de amenazas, de inseguridades, de enfermedades que nos rodean y que los noticieros de cada día se encargan de recordárnoslos continuamente. El texto de Jn hoy habla incluso de peligros dentro y fuera de la comunidad, expresados con los términos de “salteadores y bandidos”, pero que se refieren a otros muchos peligros, ya no solo materiales, sino a nivel de desorientación, de inseguridad, de vulnerabilidad que nos afectan a todos, incluso a los que de buena voluntad nos encontramos dentro de la Iglesia de Cristo. Esa es la vida real, de cada día. Entonces, ¿qué quiere decir esa frase maravillosa del final del texto de hoy, “he venido para que tengan vida, y la tengan abundante”? Todo un reto contestar esta pregunta. Solo podemos aquí dar unas pistas para la reflexión.
2. En primer lugar, está claro, por los hechos, que esa frase no quiere decir desaparición de todos los males y amenazas de este mundo imperfecto. No quiere decir tampoco que Jesús vino para dar caminos nuevos y eficaces para conseguir prosperidad económica y social para todos, para desaparecer las “vacas flacas” anunciadas para CR los próximos dos años. Pero tampoco quiere decir que se trata de una promesa a futuro abierto, en el lejano final de la historia o, en el más allá, como de un sueño de una tierra ideal que mana leche y miel. No se trata de esto, porque el texto de Jn es claro: he venido, para que tengan, aquí y ahora, esa vida abundante. Es un texto parecido a aquel de la conversación de Jesús con Marta: yo soy la resurrección y la vida, no al final, sino aquí y ahora. Si no se puede interpretar de esas maneras, ¿qué quiere decir?
3. Está hablando Jesús, aparentemente, de una forma de vivir, cualitativamente distinta de la ordinaria, que es posible de ser vivida, no cuando desaparezcan los males de este mundo, sino de cara a esos mismos males. Fijémonos en un detalle interesante del texto: dice que siguiendo a Jesús pastor, uno puede entrar y salir del redil. Uno no tiene que quedarse encerrado en el redil, en el templo, en la comunidad de los escogidos, como algunos creen; uno puede salir por esa misma puerta que es Cristo y alimentarse de cualquier pasto que está afuera, en cualquier lugar y situación. Esa plenitud de vida significa, entonces, en primer lugar, capacidad de aprovechar lo auténtico de la vida donde quiera que esté; y la seguridad de que no vamos a ser vulnerables ante el mal y la muerte que sigue existiendo a nuestro alrededor e incluso dentro de nosotros.
4. Esta es una primera manera de intentar entender esa vida plena —mejor que abundante—, que Cristo nos da. No es algo cuantitativo, ni de duración. Es un cambio de calidad que podemos vivir aquí y ahora. Es, por supuesto un don de Dios, en Cristo, para dar a nuestras pequeñas vidas finitas y limitadas una capacidad de vivir en plenitud en medio de lo que no es pleno. Esa vida plena es lo que llaman los otros evangelistas “reino de Dios” y que expresan todos como “resurrección”. Es una manera de vivir con seguridad y libertad sobre la base de una confianza en Dios que nos sostiene, desde lo más íntimo y real de cada uno de nosotros.
5. Hace una semana hablábamos de la necesidad de que se nos abran los ojos. Nuestros ojos se abren, dice Jn, cuando pasamos a través de esa puerta que es Jesús. Es decir cuando al seguir sus huellas, tomamos conciencia, hacemos nuestra su propia experiencia de Dios como Padre amoroso. Eso cambia nuestra manera de vivir, la hace plena, en toda circunstancia, incluso de nuestra propia debilidades.Ω

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