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Celebración de la Trinidad: A DIOS NADIE LE HA VISTO JAMÁS

 Lect.: Prov.  8, 22-31; Rm 5, 1-5; Jn 16, 12-15

  1. En ningún pasaje del evangelio vamos a encontrar una afirmación que indique que “en Dios uno, hay tres personas”. Loa evangelios no hacen ensayos analíticos.  El texto más notable que todos hemos oído innumerables veces es el del envío que hace Jesús de los apóstoles y que Mateo sitúa en una Montaña de Galilea, después de la resurrección, “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo». No es una proclamación dogmática sobre lo que entienden como Dios, las primeras comunidades cristianas. Más bien apunta a lo que significa en la vida de una persona haber sido bautizado.
  2. “Bautizar” no es sinónimo de “matricular”, de “inscribir” para aumentar el número de miembros de la Iglesia. A distancia de lo que a veces creemos, —debido a la catequesis muy limitada que hemos recibido—, el bautismo de los cristianos no tiene tampoco un sentido de purificación, ni es un gesto penitencial, —como lo fue el bautismo de Juan el Bautista—,  sino que simboliza la inmersión , que ha acontecido en nosotros, en el Dios que experimentamos como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. 
  3. Esta inmersión —ser sumergido en la vida divina—, define la nueva condición, la nueva identidad de los que recorren el mismo camino que siguió el Jesús histórico. El bautismo lo que hace es expresar con un signo esa inmersión en el Espíritu de Cristo, que nos permite que habitemos y caminemos en el interior de la misma vida divina, alcanzando nuestra plenitud humana. 
  4. La misión, el envío que hace Jesús a sus discípulos, apunta entonces a anunciar a todos los pueblos esta realidad que todos tenemos a nuestro alcance: que sumergiéndonos en el modo de vida de Jesús de Nazaret, al sumergirnos en el Espíritu que lo alentó, estaremos todos los seres humanos sin excepción, sumergidos en la misma vida de Dios, al que nadie ha visto jamás, como nos lo reuerda Juan, pero que viviendo de esta manera lo vamos experimentando y lo hacemos manifiesto progresivamente. Es la grandeza de la dignidad humana.  Más que alinearnos confesionalmente  en una iglesia, nos abre a vivir una nueva identidad que nos une con toda  la humanidad y es una identidad que nos establece como hermanos universales (San Carlos de Foucault) y nos recuerda la necesidad de profundizar permanentemente esta comunión.Ω

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