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6º domingo de Pascua: Dios y nosotros, una misma vida


Lect.: Hech 15, 1-2.22-29; Ap 21, 10-44.22-23; Jn 14, 23-29



  1. Este maravilloso párrafo del evangelio de Juan nos debería de resultar desconcertante, si lo leemos desde la forma tradicional religiosa, como solemos entender la vida cristiana. Según esta manera de leerla uno espera que se nos repita,  como en algún otro lugar, la advertencia deque si amamos a Dios, cumpliremos los mandamientos y seremos “premiados”, con el “cielo”, después de esta vida. Pero lo que nos dice el autor de Juan aquí es otra cosa que sobrepasa cuanto pudiéramos imaginar: si amamos a Dios, —dice el evangelista— cumpliremos su palabra y el Padre nos amará y junto con Jesús hará en cada uno de nosotros su morada. ¿Cómo es eso de que nos convertimos en morada de Jesús y de Dios sin esperar a la muerte?
  2. Estamos más que acostumbrados a pensar en los templos como en las “casas” (moradas) de Dios. Y por la formación catequética aprendimos que podíamos recibir personalmente la “visita” de Jesús en la Eucaristía, siempre que la recibiéramos con la debida preparación. Pero de nuevo Juan va mucho más allá. Cuando Jesús se compara con la vid y a nosotros con las ramas de esa planta, nos hace ver que la vida de Dios fluye en nuestra vida de manera que realmente el Padre y Jesús permanecen en cada uno de nosotros y nosotros en ellos. Es una nueva forma de entender la unidad mística entre Dios y cada uno de nosotros por medio del amor.
  3. Ese amor que nos une a Dios y entre nosotros mismos, nos abre los ojos a una nueva conciencia que nos permite entendernos y entender las relaciones entre nosotros de una manera nueva. Entre nosotros y con Jesús mismo, quien nos dice que ya no somos discípulos, seguidores o siervos, sino amigos. De ahí, de la vivencia de esta realidad se sigue la tremenda revalorización de nuestra persona, y de la de los demás. Y con ello la valentía para enfrentar los problemas y sufrimiento de nuestra existencia. Podemos ir creciendo en una vida con mayor libertad y madurez, superando las rigideces de las estructuras institucionales civiles y eclesiásticas.Ω

 

Comentarios

  1. Anónimo2:55 p.m.

    Muy de acuerdo. Es en el tipo de relaciones que tenemos, dónde construimos el Reino. A mí, la iglesia me ayuda en ese camino.

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