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2º domingo de Adviento: lo que descubrimos en cada uno a nivel individual, pasémoslo al nivel social, para que todos preparemos el camino hacia esa plenitud humana


Lect.: Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6, 8-11; Lucas 3:1-6.




  1. Al comenzar este período de Adviento Lucas nos presentaba a Jesús de Nazaret como “el Hijo del hombre”, es decir, el hombre pleno, en quien se dan plenamente desarrollados todos los rasgos del ser humano, hombre y mujer. Y, por eso, con esa visión Lucas nos da la oportunidad de descubrir a Jesús como revelación de lo que somos nosotros mismos, cada uno de nosotros. “El Hijo del hombre somos todos y cada uno de nosotros, —decíamos el domingo pasado—, aunque aun no se ha manifestado plenamente lo que somos”. Esta convicción, en la medida en que la vamos transformando en vivencia personal, es nuestra principal fuente de esperanza que nos alienta en medio de todos los problemas y fuentes de miedo. Nos da confianza en nosotros mismos, una confianza que se funde con la confianza en Dios.
  2. Pero, en este segundo domingo, Lucas nos permite avanzar en la reflexión cobrar conciencia de que esta experiencia personal, por su importancia para todos no debe quedarse en nuestro nivel individual. Debe ofrecerse como invitación para que todos nuestros hermanos y hermanas también descubran en ellos mismos al hijo, a la hija del Hombre. Es decir, para que todas las personas, y no solo nosotros, los cristianos, puedan recobrar su autoestima, al descubrirse como el hombre y la mujer plena,  en quien se dan todos los rasgos del ser humano, hombre y mujer, aunque aun no se han manifestado plenamente lo que son. La figura de Juan el Bautista, en la medida en que se reconoce como anunciador de ese “hijo del hombre”, que viene detrás de él podemos verla, entonces, como la expresión simbólica de la tarea a la que nos invita la palabra de Dios, igual que se dirigió  en aquel momento histórico a Juan el hijo de Zacarías para que llamara a preparar el camino para esa transformación.  Es una invitación a que anunciemos lo que descubrimos en cada uno a nivel individual y lo pasemos al nivel social, para que todos preparemos el camino del Señor hacia esa plenitud humana para que enderecemos sus sendas y eliminemos los obstáculos que impiden ver cómo con nuestra manos y nuestra creatividad vamos construyendo y haciendo presente la salvación de Dios en las circunstancias concretas de nuestro país, del lugar en que vivimos y trabajamos.
  3. Así como la “segunda venida” del hijo del hombre no es una promesa de un futuro incierto, sino que es una venida que se da ya en el presente, de continuo, por nuestras manos y nuestro compromiso, así también la tarea de anunciar la transformación o conversión de todos, y de invitar a otros a recorrer el camino liberador del hijo del hombre, no queda en el Juan Bautista del pasado, sino que podemos verla como una tarea prioritaria nuestra para levantar esa esperanza de que todos podemos, como dice el profeta Baruc, quitarnos la ropa de duelo y aflicción, todo género de miedo, y  vestirnos para siempre con el esplendor de la gloria que viene de Dios y está en nosotros, el esplendor de la plenitud humana en la que vamos renaciendo, creciendo, como dice Pablo en la 2ª lectura, en conocimiento perfecto y en todo discernimiento.Ω     
(Este comentario lo publicamos por primera vez el 9 de diciembre del 2018)

 

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