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27º domingo t.o.: la "fe", una palabra desvirtuada


Lect.:   Hab 1, 2-3; 2, 2-4 ; 2 Tim 1, 6-8. 13-14 ; Lc 17, 5-10

1.   La palabra “fe”, lamentablemente, es una de esas palabras, que a pesar de tener un rico significado en el Evangelio, luego han sido más “charraleadas”, —desvirtuadas, distorsionadas, incluso pervertidas— por usos ideologizados, interesados o, simplemente, por inseguridad e ignorancia. Por más que sorprenda y parezca mentira. Pero no nos extrañe, el propio Jesús les hace ver a los apóstoles, cuando estos le piden que “les aumente la fe”, que no saben de lo que están hablando. La respuesta del Maestro enseguida les indica que si están hablando de “cantidad de fe”, de algo que se puede aumentar, es porque no entienden de qué se trata la fe y que, en realidad, llaman fe a otra cosa. Porque la fe verdadera, no es cuestión de cantidad, algo que se pesa o se mide. Lucas la presenta, más bien, como un granito de mostaza, sugiriendo con esto una variedad de contenidos simbólicos de la potencialidad de una actitud de fe.
2.   En nuestro tiempo, muchas personas, —y quizás lo reflejen así enseñanzas recibidas en nuestras propias familias—, tener fe lo entienden como estar convencido de que aunque tengas una enfermedad muy grave y avanzada, como para Dios nada hay imposible, dicen, te puedes curar (sobre todo si le has hecho una donación, el diezmo, a tu iglesia). O, si tienes necesidades económicas, Dios te puede dar prosperidad, te puede “prosperar”, es la frase que usan ahora sobre todo algunos neopentecostales. Es decir, en el fondo,  ven la fe, como instrumento o para el propio beneficio corporal o como un medio para resolver problemas materiales y enriquecerse. Se trata de interpretaciones interesadas, egocentradas de la fe, contradictorias con lo que esta es.
3.   De ahí algunos grupos religiosos, han pasado a entender la fe como el impulso lo que los lleva a fundar partidos políticos, autodenominados cristianos, para ser elegidos diputados —y si pudieran, presidente— y  conducir el país conforme a sus creencias y doctrinas. Es decir, ven la fe como poder político. El “logo” o sello “cristiano”, piensan que les resulta útil para atraer votos.
4.   Cercana a esa posición con la que, a menudo van de la mano, para esos grupos, y para otros parecidos,  incluyendo muchos católicos, tener fe o respetar la fe, se traduce en  luchar para establecer leyes y programas de Gobierno conforme a lo que consideran “moral cristiana”. Es decir, ven la fe como la obediencia a enseñanzas morales que o bien son dictadas por la jerarquía eclesiástica, —en el caso católico—, o bien se trata de herencia de tradiciones culturales, más que de enseñanzas originadas en el evangelio.
5.   Lamentablemente hay más distorsiones de lo que se entiende por fe pero, en fin, por no alargar la lista, solo recordemos una más: que a muchos nos enseñaron que tener fe se limitaba a aceptar una serie de dogmas y doctrinas sobre Dios, la vida después de la muerte, el comportamiento sexual y, sobre todo, las prácticas rituales y sacramentales.  Tener fe era, entonces, aceptar en tu cabeza una serie de afirmaciones como verdaderas, aunque algunas chocaran con los avances de las ciencias e incluso, a veces, con el sentido común.
6.   Pero para Jesús de Nazaret, conforme a lo que él mismo vivió, la fe en Dios y en la Buena Nueva, es, a la vez, una actitud sencilla y pequeña, pero fecunda y poderosa como una semillita, que se constituye en el motor de toda la vida de cada uno porque alcanza una visión profunda de la propia realidad, y de todo lo que nos rodea, desde la propia perspectiva de Dios como la transmitió Jesús de Nazaret. De esa forma nos permite descubrir que tenemos en nosotros mismos esa dimensión fundamental de nuestra vida que aunque está en nosotros trasciende nuestra propia existencia, y nos permite vivir el verdadero valor de las cosas, el verdadero sentido de los acontecimientos, con plena confianza. La confianza de haber recibido y de continuar recibiendo gratuitamente, para beneficio de todos,  un tesoro en vaso de barro, el tesoro  de participar en la vida de Dios desde nuestra propia condición humana, capacitándonos para crear “un cielo nuevo y una tierra nueva”.Ω


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