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4º domingo de Pascua: el reto de redefinir el "Pastor"

Lect.: Hechos 4:8-12; I Juan 3:1-2; Juan 10:11-18

  1. Hace dos años, el Papa Francisco publicó un extraordinario documento sobre el compromiso de los laicos en la vida pública. Entre otras cosas en esa Carta, el Papa advierte sobre “una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar - y a las que les pido una especial atención - el clericalismo.” El clericalismo se caracteriza por reducir a un papel secundario el de los y las laicas en la Iglesia, subordinándolos a las funciones de los clérigos, —sacerdotes y obispos—, reduciéndolos a simples “mandaderos”, ignorando que se debe más bien, respaldar sus “distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político.” Esta actitud clerical “no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente”. “El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados.”
  2. Puede sorprender que hagamos esta remembranza de esas enseñanzas del Papa Francisco en este 4º  domingo de Pascua, “Domingo del Buen Pastor”, que suele dedicarse a pedir especialmente por las vocaciones sacerdotales. En realidad, no debería causar ninguna sorpresa. No se puede hablar de ninguna vocación a un ministerio o servicio en la Iglesia si no lo enmarcamos en la misión de todo el pueblo de Dios. Tanto más cuando se trata de la vocación al ministerio sacerdotal. Estamos tan acostumbrados los católicos a pensar en la Iglesia como una gran empresa organizada jerárquicamente , bajo la autoridad de “pastores” que son figura de poder, autoridad, mando, que, de manera inconsciente, continuamos reproduciendo ese clericalismo ante el cual nos pone en guardia el Papa. Para acabar con ese clericalismo, no basta con que los nuevos sacerdotes vean su vocación como un servicio —toda función dentro de la Iglesia y hacia afuera es un servicio. No basta tampoco con que se pudiese llegar a modernizar la vestimenta, el comportamiento y el trato de los sacerdotes de tal manera que no establezca de entrada un distanciamiento con el fiel común. Más allá de esto, se eliminará el clericalismo, en laicos y en clérigos, cuando en la práctica, la Iglesia funcione, se organice, viva y se construya sobre la toma de conciencia de que todas y todos los miembros de la comunidad de Jesús, somos ungidos y consagrados. Francisco lo expresa sin tapujos: “todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagradas como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10) Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios.”
  3. Son dos esfuerzos que deben ir de la mano, y uno no se podrá dar sin el otro: la transformación de la función sacerdotal, clerical, con la consiguiente eliminación del clericalismo, y la transformación de cada comunidad cristiana, parroquial, diocesana, que llega a ser consciente de que su “identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo (LG 9). El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción.” La vivencia de este tipo de identidad es la que eliminaría tantos infantilismos y dependencias inadecuadas por parte del laicado, así como de manipulaciones y autoritarismos por parte de sacerdotes y obispos, actitudes que, sin duda, alejan de la Iglesia a personas serias y maduras, que quieren realizarse como personas y como cristianas sin perder su capacidad crítica e iniciativa propia, a la hora de “reflexionar, pensar, evaluar, discernir”. Esta doble transformación permitirá resignificar la palabra “pastor” cuando la utilicemos en adelante en las Iglesias. Y nos permitirá una nueva lectura de este texto evangélico de Juan que hemos leído hoy.
  4. Cuando la comunidad de Juan lo escribe, han pasado más de cincuenta años desde la muerte y la Pascua de Jesús. A pesar de ello no han olvidado que al presentarse como Buen Pastor, él no está apuntando a establecer estructuras de poder en las comunidades de discípulos. Más bien, las comunidades joaninas probablemente están reaccionando a la aparición de dirigentes desviados que se comportan más bien como “ladrones y salteadores” o como meros “asalariados”. Y los discípulos de Juan, ante estas nuevas situaciones, reviven la memoria de Jesús, como el laico que era,  que lo que quiere es construir comunidad sobre la base de amistad —“ya no los llamo siervos, sino amigos”,— pero una amistad que se deriva de un conocimiento de Dios y una visión de Dios que todos comparten por igual, por medio del diálogo y del servicio solidarios en que se concreta el amor.


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