26 enero, 2014

3er domingo t.o.
Lect.: Isaías 8,23b-9,3; I Corintios 1,10-13.17; Mt 4:12-23

  1. Habíamos quedado los dos domingos anteriores en un hecho que define la misión de Jesús, después de su bautismo: Jesús pasa el río Jordán, deja el desierto y la predicación de penitencia del Bautista, y deja de esperar que el juicio de Dios va a venir de forma extraordinaria desde fuera. Por una convicción profunda, a partir de una experiencia intensa de Dios, se da cuenta de que está llamado a iniciar, a anunciar y a construir el reino de Dios. Y en esta decisión, en este momento, hay tres rasgos que vale la pena subrayar, Primero, al pasar el río y entrar en la tierra prometida no va a buscar el Templo, ni a los sacerdotes, ni a las clases dirigentes del país. No va a Jerusalén por ahora. Va a Galilea, esa tierra contaminada, según los judíos, de ritos y costumbres medio paganas; una tierra " rota por la división social, la opresión de terratenientes, sacerdotes y usureros" (Pikaza), una tierra que habita en tinieblas, como decía el profeta Isaías, y va ahí a anunciar el reino de Dios a la gente sencilla, oprimida, convencido de que Dios es especialmente padre de pobres y excluidos, de huérfanos y viudas.
  2. En segundo lugar, va a anunciar una increíble y maravillosa Buena Noticia: va a anunciar que el reino de Dios, la presencia de Dios ya está en medio de ellos. Y no solo se lo anuncia sino que les va a ayudar a identificar, a descubrir ese Dios presente en la acogida a los pobres y marginados, en llevar salud a los enfermos, vida a quienes solo experimentan amenazas de muerte. Sus milagros y parábolas son signos que ayudan a descubrir esa presencia amorosa y gratuita del Padre en medio de ellos y que les hace crecer, desde esfuerzos y experiencias tan pequeños  humildes como el grano de mostaza, hacia una sociedad futura que destierre la opresión, la desigualdad y la violencia.
  3. En tercer lugar, a diferencia del Bautista, que exigía una conversión de los pecados personales, como condición para recibir a Dios, Jesús lo pone al revés: la presencia y el don generoso de Dios es por completo gratuito y es este don lo que nos transforma radicalmente. Para Jesús la conversión es, entonces, la apertura para recibir la gracia que ya se nos ha dado, el abrir los ojos para descubrir a Aquel que ya está presente y tener la confianza en que a través de nuestras manos, de nuestro compromiso con los humildes y marginados, se va levantando el reino de Dios, una nueva manera de relacionarnos, marcada por la justicia y la solidaridad.
  4. A la luz de esta misión que inicia Jesús vemos a nuestro país preparándose para las elecciones presidenciales y de diputados. Lo vamos a realizar teniendo en cuenta que es un momento importante porque, como Jesús, en su pobre Galilea, tenemos grandes problemas del país en el trasfondo, sobre todo, la creciente desigualdad que nos divide y enfrenta desde hace varias décadas. Todos quisiéramos que como Jesús, quienes candidatos unan los hechos a las palabras, superen las meras promesas y la propaganda engañosa, y se comprometan en trabajar por lo importante: salud, mesa compartida, situaciones más justas, superación de la inequidad, buenas noticias a los pobres. Esto es, evangélicamente lo prioritario. Pero como Jesús, todos los demás, los ciudadanos y ciudadanas corrientes y no solo los políticos, tenemos la tarea de ayudar a identificar dónde, en qué tipos de acciones, se construye el Reino de Dios, y ayudar a construirlo con la certeza de que la presencia de su Espíritu,  ya está en medio de nosotros, y solo tenemos que aceptar su fuerza y el impulso de su orientación .

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