11 septiembre, 2011

24º domingo tiempo ordinario, 11 de sep. de 11 Lect.:Ecles. 27: 33 -28:9; Rom 14: 7 – 9: Mt 18: 21 – 35 1. Estoy seguro de que la gran mayoría de los presentes estará de acuerdo conmigo en que este tema de hoy nos toca a todos y se nos vuelve complicado de practicar: El tema del perdón a los que nos han hecho daño, o que creemos que nos lo han hecho. Creo que nos atraviesa como problema desde nuestra infancia. Para captar el sentido del texto, recordemos que Mt sigue en este capítulo con consideraciones dirigidas a las iglesias, a las pequeñas comunidades. Es decir no se está enfrentando a otras situaciones parecidas a nivel de la vida en sociedad, sino que está diciendo cómo tienen que vivir aquellos que fueron llamados a ser "sal de la tierra" y "luz del mundo". No olvidemos, además, que la comunidad para la que escribe Mt está integrada por personas muy diversas en su origen étnico y cultural. 2. A estos primeros cristianos Mt les dice que cuando se ofendan entre ellos, tienen que perdonarse siempre (ya sabemos que eso simboliza el número). Es decir, que tengan la actitud de perdonar. Es la síntesis de la enseñanza, que nos resulta a todos tan cuesta arriba, tan contraria a sentimientos y pensamiento, que parece irrealizable, admitámoslo. Quizás lo único sensato, para aceptar la fuerza evangélica de la práctica del perdón es mirar la práctica de Jesús. 3. En él descubrimos una gran comprensión de lo que somos los seres humanos Todos, hasta el último día, mezcla de trigo y de cizaña, capaces de cosas maravillosas y de errores garrafales, con efectos a veces muy negativos en cada uno y en los demás. Y digo "errores" intencionalmente, porque Jesús comprendía que muy a menudo "no sabemos lo que hacemos". Somos ignorantes por lo general, a la hora de elegir algo que creemos bueno. Y, sobre todo, somos ignorantes de lo que somos, partes de un suelo cuerpo, de una sola unidad, y no individuos con existencia aislada, cada uno cargando su propio yo en feroz competencia con los demás. (Nadie vive ni muere para sí mismo, dice Pablo hoy). Esa comprensión de nuestra realidad más profunda es la que lleva a Jesús a vivir con compasión, es decir, a sentir, sufrir y gozar con cada uno de los demás lo que les sucede, como algo propio. Lo que le sucede al más pequeño, a él le sucede. Y se ve a sí mismo siendo uno solo con el Padre y con cada uno de los discípulos. 4. De estas actitudes de comprensión y de compasión de Jesus brota esa otra actitud del perdón. Al sentarnos cada domingo alrededor de una mesa de la que pueden participar todos sin discriminación confesamos que queremos crecer en esa capacidad de comprensión, compasión y perdón que Jesús comparte con nosotros.Ω

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