11 abril, 2010

2º domingo de Pascua

2º domingo de Pascua, 11 de abr. de 10
Lect.: Hech 5: 12 – 16; Apoc 1: 9 – 11 a. 12 – 13. 17 – 19; Jn 20: 19 – 31
1. Cuando uno piensa que algunos de estos escritos del N. T. se escribieron 30, 40 y, en el caso del evangelio de Jn,, hasta 60 años después de la muerte de Jesús, es inevitable cambiar de actitud en el modo de lectura. No nos podemos quedar estancados, no digamos ya, por supuesto en una lectura fundamentalista, sino tampoco siquiera en los detalles exegéticos de cada texto. No negamos que estas redacciones de los evangelios canónicos se construyen sobre relatos previos que se remontan a la primera comunidad de discípulos. Pero así y todo, esta distancia temporal de los hechos originarios conduce a buscar, más que en los detalles de lo que a primera vista aparece como una “crónica” de un suceso, más bien en los “signos”, como dice Jn en la lectura de hoy, que se han escrito para que creamos en Jesús y creyendo en él tengamos vida en su nombre.” Y además, ya con la distancia de algo más de dos milenios, tenemos a mano una amplia perspectiva para interpretar esos “signos” en el marco de la plural búsqueda espiritual de la humanidad, yendo más allá incluso de la frontera del judaísmo en el que todavía se movían las primeras comunidades.
2. Con este enfoque leemos estos textos de este segundo domingo de Pascua pensando en el balbuceo que hacen las comunidades primeras y sus redactores, para expresar lo que significó para ellos la muerte de Jesús y su experiencia pascual. Balbuceo, porque se ve que nos les resultaba fácil decir qué les estaba pasando, cómo interpretaban ahora a Jesús de Nazaret, su vida y su mensaje. Dicho en una frase, los relatos parecen querer reflejar el paso del conocimiento “en carne” de Jesús, al conocimiento de la fe. Pero eso no resulta nada fácil de explicar. Perciben que lo que ha sucedido a Jesús no es la revivificación de un cadáver, la vuelta de Jesús a la vida “de antes”. El propio Pablo tan enfático en la centralidad de la resurrección lo deja claro. También lo sugiere la insistencia en lo de “las puertas cerradas”. Perciben también que no se trata de una experiencia de fantasmas. Y, entonces, ¿de qué se trata la resurrección? La figura dubitativa de Tomás , así como el relato de Emaús, el de Magdalena en el huerto, y la incredulidad de los apóstoles ante el relato de las mujeres, dan pie a pensar que no lo entendieron de una sola vez, que se trató de un proceso de iluminación progresiva, que había empezado quizás con chispazos, ya en vida de Jesús, pero que continuaba todavía varias décadas después de los hechos. En medio de ese proceso, conforme van experimentando que lo que sucedió a Jesús con su muerte fue el sello definitivo del paso a la realidad más real de su vida, la vida de Dios, tratan de comunicarlo recurriendo a expresiones que tenían a mano y que nos resultan hoy tremendamente materialistas: real, entonces, para ellos, es el que tiene huesos y carne, el que puede comer pescado, el que ofrece su mano y su costado para verificación de las heridas. Los apóstoles están todavía en los preámbulos de la fe, como conocimiento de la realidad en otro orden y nivel más profundos.
3. Veintiún siglos después tenemos en estos textos la invitación a no quedarnos en esa interpretación material, a seguir buscando, como lo hicieron los primeros discípulos, el significado de la resurrección de Jesús viéndola como un aldabonazo de lo que es la resurrección del Cristo que somos cada uno de nosotros, tratando de reconocer que en nosotros ya hay chispazos de ese nivel de experiencia de nuestra realidad profunda, en la medida en que como Jesús nos vamos acercando a una vivencia liberada de nuestro yo interesado y egoísta, capaces como Él de llevar este desprendimiento hasta el momento de la muerte. Ω

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