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33º domingo tiempo ordinario

33º domingo tiempo ordinario, 14 noviembre 2010
Lect.: Mal 4: 1 – 2 a; 2 Tes 3: 7 – 12; Lc 21: 5 – 19

1. No me canso de decirlo y confío en que Uds. no se cansen de oírlo: al leer los evangelios hay que hacer el esfuerzo por ponerse en los zapatos de Jesús, en su momento y su ambiente para tratar de captar el sentido de sus palabras y acciones. Y, al mismo tiempo, hay que hacer el esfuerzo por distinguir lo que fueron las palabras y acciones de Jesús de las que luego ponen los evangelistas unas décadas después, sin duda sin traicionar el mensaje original, pero ya adaptándolo a las nuevas inquietudes, problemas e intereses de la nueva época en que vivían. Solo con este esfuerzo podremos recuperar el sentido que pueden tener estos textos para el mundo en que vivimos hoy, tan distinto del que vivió Jesús y vivieron los evangelistas. En la lectura de Lc de este domingo tenemos un caso bien ilustrativo de lo que estoy diciendo. Una cosa es lo que probablemente dijo Jesús en su momento, otra la aplicación que hace Lc unos 40 años después y otra, la que nosotros podemos hacer hoy. Veámoslo.
2. Probablemente la escena original recogida en Lc 21 nos hace ver a Jesús rodeado de un grupo de discípulos y otra gente contemplando el Templo. En primer lugar, en unos vv. que no se incluyen en la liturgia de hoy, ve una fila de gente que hace donativos al Templo, unos cuantos ricos y una pobrecita viuda. Después de alabar a esa viejecita, viene el texto de hoy. Al oír que algunos de los que lo rodeaban estaban admirados del esplendor del Templo, les echa un jarro de agua fría diciendo que de todo eso no quedara piedra sobre piedra. Es probable que se refiera no solo al edificio sino a todo aquel tipo de religión centrada en el poder y las riquezas. Cuando Lc narra esta escena unas décadas después, ya ha pasado la destrucción del Templo y de Jerusalén por los romanos. Para los judíos, con una religión tan nacionalista, eso era como el fin del mundo porque pensaban que ese Templo y esas estructuras religiosas jamás se acabarían. Para nosotros, veintiún siglos después, ya queda muy lejano lo del imperio romano, lo del Templo de Salomón o lo de la mentalidad apocalíptica que usa visiones e imágenes extrañas para hablar del fin del mundo. Probablemente quedarnos en eso es hacer arqueología y no nos diga nada para nuestra vida espiritual. Pero detrás del comentario de Jesús y del posterior relato de Lc sí hay algo que parece que sigue interpelándonos a nosotros en nuestros días: es la reflexión sobre lo perecedero de todas las construcciones humanas, físicas, políticas, económicas, sociales y religiosas. Nada hay que dure para siempre. Y esto en el plano personal, familiar y a nivel de las sociedades. No hay que hacer mucho esfuerzo para pensar en lo frágil de lo que planeamos y construimos. Basta, en lo reciente, pensar en las ilusiones, los sueños que podrían tener, entre otros, los vecinos del barrio Las Lajas, en san Antonio de Escazú, que de la noche a la mañana fueron destruidas por las rocas y deslizamiento de tierras que cayeron sobre sus viviendas. O pensar ahora, en el conflicto fronterizo con Nicaragua. Todo lo que se ha invertido en una buena relación entre los países centroamericanos, todo el esfuerzo para eliminar prejuicios sociales y xenofóbicos, y si no tenemos cuidado, todo eso puede irse al traste por imprudencias políticas de uno y otro lado. Nada hay que dure para siempre, toda construcción humana es frágil y expuesta a socollones de la naturaleza, de los políticos o de la propia imprudencia de los pueblos.
3. Pero el mensaje de Jesús no se termina ahí, advirtiéndonos de lo perecedero de todo lo que hacemos, sino que añade una invitación a la confianza. A pesar de terremotos, inundaciones, epidemias y hambre; a pesar de traiciones de amigos, vecinos e incluso familiares, no importa en qué circunstancias, algo o alguien hay en nosotros que nos mueve a perseverar. Hay una dimensión en el ser humano que no depende de todo eso que perece y que nos permite vivir en plenitud, (salvando hasta los cabellos de nuestra cabeza, dice Lc). Esa dimensión, esa calidad de vida, es la que vivió Jesús y que tratamos de asimilar en esta eucaristía para vivir plenamente en medio de lo perecedero.Ω

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